viernes, 7 de agosto de 2009

Cuentos del murciélago goloso. La ovación

Diseño de la cubierta: Santiago Gallego
Cuentos del murciélago goloso
© Autores LIJeros
Índice de cuentos y autores:

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La ovación

de Clara Redondo

Autora de las ilustraciones: María Sierra Varo

Charo camina tiesa como una caña de pescar. Como todos los días, se dirige con paso firme hacia el metro, que la ha de llevar al instituto. Cruza la plaza del Descubrimiento, y allí en el centro se agarra con una mano a la farola centenaria, la que lleva ahí desde antes de que ella naciera. Da un par de giros antes de salir despedida hacia la calle que va directa a la boca del metro. La espalda recta y el andar ligero, como si estuviera acariciando la acera. Son siete estaciones, siempre las mismas y a la misma hora. Pero para Charo no todos los días son iguales: hoy es jueves, día de su entrenamiento de gimnasia. Desde pequeñita tenía una sola idea segura en la cabeza: que quería ser gimnasta profesional. Pero, claro, para ser profesional hay que entrenar muchas horas y dedicarle poco tiempo al estudio, y eso no es lo que sus padres quieren para ella. Ellos quieren que de mayor sea algo importante. Y ella les dice que ser gimnasta es importante, pero no parecen comprenderlo.
Está parada delante del andén, mirando despistada los raíles mientras espera a que llegue su tren. A esas horas de la mañana muchos parecen igual de despistados que ella, mirando al infinito, como si el infinito les estuviera contando algo de lo más interesante. Ella no piensa en el examen que le espera nada más llegar a clase ni en salir el viernes a bailar con las amigas. Piensa en el entrenamiento de hoy, en las piruetas que le esperan en la barra fija. La barra fija, ese es su aparato predilecto. Sin darse cuenta, empieza a deslizar la punta del pie sobre las baldosas, y recorre la línea del perfecto cuadrado en el que se apoya todo su cuerpo. Con sus pantalones vaqueros caídos hasta la cadera y su camiseta descolorida, nadie diría que se transforma en una ninfa aérea cuando se calza sus zapatillas. Su par de zapatillas de color morado que, a pesar de todo, le compró su madre. Y las lleva hoy dentro de la bolsa para entrenar. Es lo único que lleva en esa bolsa que cuelga de su hombro. Sus zapatillas de color morado.
Desliza su pie hacia delante y hacia atrás, en perfecta línea recta. Cierra los ojos y siente que levita, que se eleva sobre las líneas de la baldosa. Escucha el murmullo de los viajeros que se van acumulando a su alrededor y escucha también el ruido lejano del tren, que parece que ya se está acercando. Abre los ojos y fija su vista perdida en el rail del tren. En la barra fija. Y empieza a
respirar. «Inspiro, espiro», eso es lo que le dice su entrenadora. Mantener el aire dentro de sus pulmones y, después de una voltereta o de un salto, soltar el aire para que salga la tensión y el cansancio.
Cuando abre los ojos mira a su alrededor. Quedan dos minutos para que venga el tren. Hay mucha gente ya, y ella se fija en un chico moreno que está a su derecha, gordo y con gorra, con camiseta que le queda enorme, y que se mueve cerca al compás del aparato de música que lleva puesto en sus orejas. No mira a nadie, sino al infinito oscuro de los raíles. Y a su izquierda está una mujer bajita, mucho más bajita que ella, con rasgos americanos y una trenza larga que rebasa su cintura y que mira al chico como si quisiera entretenerse con su música.
Charo baja de nuevo la vista y cierra los ojos. Cambia de pie y vuelve a recorrer con el dedo gordo la recta del cuadrado de la baldosa.
Abre los ojos y en el fondo oscuro de los raíles, en el mismo fondo que mira el chico, ve que algo se está moviendo. Es una rata; pero no una rata de alcantarilla. Es una rata elegante, con una pajarita y un sombrero de chistera en la cabeza. La mira y le hace un guiño invitándola a bajar. Charo sonríe, vuelve a cerrar los ojos, y se imagina haciendo ejercicios de calentamiento,
como hacen las gimnastas antes de comenzar el ejercicio. Cuando de nuevo abre los ojos, ha cambiado de escenario. Ya no está arriba, en el andén, ahora está abajo, con los pies posados en fila, uno delante del otro sobre los raíles.
Mira hacia arriba y ve al chico de la gorra y a la señora de la trenza que parecen no haberla visto. Y ve su bolsa de entrenamiento vacía tirada en el suelo. Se mira los pies y comprueba que lleva puestas sus zapatillas moradas.
La rata empieza a mover los brazos rítmicamente y Charo comprende que comienza el espectáculo. Respira hondo y, dirigida por la rata, empieza a dar sus primeros pasos sobre la barra fija. Se mueve lentamente deslizando sus pies seguros sobre el raíl, que ya no es raíl sino barra fija; la misma que le espera todos los jueves a la hora del entrenamiento. Su cuerpo se estira, de desentumece, y ejecuta los movimientos que Charo le ordena. Con suavidad y armonía, avanza por la barra fija; ahora un giro, ahora un salto y cuando llega al extremo, media vuelta. Doble giro, arco hacia atrás y salto… Siente que no pesa, que es como un colibrí que puede mantenerse varios segundo suspendida en el aire, y aprovecha para hacer doble voltereta: hacia delante y hacia atrás. Apoya ahora sus manos sobre la barra y se mantiene así, boca abajo, con las piernas rectas mirando de reojo hacia la rata, hasta que, a un movimiento del animal, ella obedece y con suavidad desciende, se abre de piernas y posa sus piernas abiertas a lo largo de la barra. En ese momento, levanta sus ojos y se fija en el chico de la gorra y en la mujer de la trenza: los dos la están mirando con cara de sorpresa, como encantados de ser dos privilegiados que han cogido sitio en primera fila. Ya hay una aglomeración de gente que alarga el cuello para verla bailar. La rata mueve sus manos como para darle ánimos.
Charo recupera con energía la postura y se dispone a hacer su último salto. Se retira hasta uno de los extremos de la barra, abre los brazos y respira hondo. Balancea su cuerpo para coger un pequeño impulso y se lanza a la carrera. Uno, dos, tres, cuatro, cinco pasitos, doble voltereta sobre la barra y, tras un imponente salto hacia adelante, hace doble giro sobre sí misma, para
caer con los dos pies fijos en el suelo, sin moverlos ni un milímetro. Fin del ejercicio.
Levanta la cabeza y es el chico de la música el que se quita los cascos y comienza a aplaudir. Le sigue la mujer de la trenza y ya después, en ovación, todo el gentío que estaba esperando en el andén. Charo mira a su lado y ve a la rata que se inclina también, agradeciendo al público los aplausos. Charo se siente feliz. Cierra los ojos y se queda así un momento, escuchando los aplausos y repasando cada uno de los movimientos que acaba de hacer, todos ellos perfectos. Acababa de hacer el ejercicio perfecto. Los aplausos se confunden ahora con el sonido del tren, que parece acercarse. Cuando Charo abre los ojos, tiene los pies posados en la misma baldosa de antes, y comprueba que a su lado están la chica de la trenza y el chico de la gorra. Los dos la miran, y los tres juntos entran al vagón del tren que acaba de llegar.
Cuando el tren echa a andar, Charo se asoma a la ventana con una gran sonrisa de satisfacción y con unas gotas de sudor que le caen por las sienes.
Allá abajo hay algo que se mueve, y Charo cree ver a una rata que le dice adiós con la patita. Se abraza a su bolsa, y es en ese momento cuando se da cuenta de que ha perdido una de las zapatillas moradas. «Mañana volveré a buscarla».

© Clara Redondo

1 comentario:

Anónimo dijo...

Bonita historia, delicada como un cisne.Siempre nos acompañará la fantasía. gracias, Clara. Un abrazo Carmina