viernes, 10 de julio de 2009

Cuentos del murciélago goloso. El misterio de los cocodrilos invisibles

Diseño de la cubierta: Santiago Gallego

Cuentos del murciélago goloso

© Autores LIJeros

Índice de cuentos y autores:

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El misterio de los cocodrilos invisibles
por Santiago Gallego
Autora de las ilustraciones: María Sierra Varo

Asuán, la ciudad de Egipto que queda más al sur, es muy calurosa. Pero aún se puede soportar. De todas las formas, las excursiones que se preparan para los turistas se hacen muy temprano, para que el sol no dé tan fuerte que derrita los sesos de alguno y no tengan más remedio que comérselos de segundo plato para no desperdiciarlos.
Pero los turistas ya no van a Asuán. La razón es que cuando uno cualquiera se acerca a la orilla del Nilo, aparece algún cocodrilo y, ¡zas!, se lo zampa de un solo bocado. El alcalde de Asuán está preocupado porque la gente de allí vive sobre todo del dinero que deja el turismo. Todos los días le preguntan en la calle que cuándo volverán los turistas. Le preguntan los que tienen las falucas aparcadas en las orillas por falta de clientela, los que venden artículos hechos de plata, los que venden bolsos, chilabas, perfumes de colorines que a veces son un poco timo y hasta cojines con dibujos árabes tradicionales. Le preguntan incluso los que pueden ver en casa las televisiones extranjeras y han aprendido a vivir del cuento. La verdad es que el alcalde no sabe ya qué hacer. Lo último que se le ocurrió fue, cuando ya los cocodrilos se habían merendado trescientos o más turistas (con sus gafas, prismáticos y cámaras), organizar una cacería. Pero no pudieron cazar ni uno. Nadie los veía. «¿Se habrán ido?» —pensó el alcalde entonces. Sin embargo, tan pronto dejaron de buscarlos, volvieron las merendolas de turistas. Entonces, el embajador de Alemania en Egipto le mandó una breve carta al alcalde de Asuán. Decía así:
«Apreciado colega, alcalde y etc., etc., etc.: Mandé a dos agentes secretos disfrazados de titiriteros para que investigaran el misterio de las desapariciones de turistas. La verdad es que
todos los días se asomaban al Nilo y no fueron capaces de descubrir nada.
Es más, miraron tanto, tanto, y tan de cerca el agua, que han vuelto con joroba y todo. Me hago cargo de lo difícil que es arreglar este asunto. El asunto en general, no el de la joroba. Pero tengo una protesta que hacerle: cuando el turista que se comen es alemán, ni siquiera escupen un hueso ni nada».
El alcalde de Asuán se daba cuenta de la falta de delicadeza de los cocodrilos en este caso concreto. Mas no se atrevió a preguntarle si los huesos de los alemanes servían para hacer sopa. Además, tampoco estaba muy claro que los cocodrilos supieran hacer sopa, pues, ¿dónde la calentarían? El caso es que, en las últimas noches, cuando el alcalde volvía de regreso a casa en su auto, la gente que se sentaba para charlar a lo largo de la franja de tierra que hay en medio de la carretera le abucheaba. Y el alcalde no tenía más remedio que subir las ventanillas para que entraran las menos palabras posibles. Porque le decían cosas como éstas: «¡Eres un manta! ¡¿No te da vergüenza?! ¡En veinte siglos no habíamos tenido problemas con los cocodrilos! ¡Eres un cenizo! ¡No queremos un alcalde, queremos un mago que los haga desaparecer! ¡Quiero vender mi té! ¡Y yo mis colgantes! ¡Y yo quiero una beca para mi hijo! ¡Y yo que haya algo de hierba en el desierto! ¡Y yo quiero que los escarabajos sepan a caipiriña!».
Un día, un niño nubio —los nubios son un pueblo sin estado, ¡sin país propio!— moreno, de ojos caramelo, fue a ver al alcalde, que estaba solo en el jardín, pues había dado el día libre a todos sus sirvientes.
—¿Y tú qué quieres? ¿Que convierta la luna en jugo de regaliz rojo? —le preguntó al niño nubio tan pronto lo vio llegar—. Últimamente, todo el mundo me pide cosas imposibles —añadió el alcalde.
—Pues, no, nada de eso. Vengo a ayudarle. Creo que sé cómo resolver el problema de los cocodrilos cometuristas —dijo el niño.
—¡Vaya, ésta sí que es buena! Todo Asuán ha buscado a esos cocodrilos y nadie los ve. Pero aparecen de repente y…
—No los vemos porque son invisibles —dijo el niño nubio.
Y ahí estuvieron el alcalde y el niño nubio hablando de qué se podía hacer al respecto. Pero un periodista que se había colado en el jardín escuchó toda la conversación a escondidas. A la mañana siguiente, el diario más importante de la ciudad abría con este titular: «EL ALCALDE CREE QUE LOS COCODRILOS COMETURISTAS SON INVISIBLES». Así que al mediodía, muchos de los vecinos de Asuán se acercan a casa del alcalde, simplemente, para comprobar que no se ha vuelto majareta.
—Bueno, yo no lo sé a ciencia cierta —comenzó diciendo el alcalde—. Me lo dijo un niño nubio que…
—¡Hala ya, vaya trola! —saltó uno enseguida, sin dejarle terminar.
—Y mañana nos dirá que hay países donde plastifican el pescado después de congelarlo —dijo otro.
—Sí. O que ha subido a lo alto de las pirámides de El Cairo, ha tocado las puntas y no pinchan… -dijo un tercero.
—¡Yo echaría de Asuán a este embustero y le quitaría antes las llaves de la ciudad para que no volviera a entrar! —dijo un cuarto.
Y pronto hubo tantas protestas que aquello parecía un programa de televisión. Todos hablando a la vez. Pero en un momento en que, extrañamente, se hizo un pequeño silencio, el niño nubio se puso junto al alcalde y dijo a toda esa gente:
—Sí, fui yo quien dijo al alcalde que los cocodrilos cometuristas eran invisibles.
—Así que es cierto… —dijo uno.
—¿Y qué podemos hacer? —preguntó un hombrecillo un poco más calmado.
—Creo que lo mejor será que vayamos a la orilla del río y preguntemos directamente a los cocodrilos —dijo el niño.
Así que todos siguieron al niño hasta la orilla. Comenzaba la puesta de sol, y pronto empezaría a haber unos reflejos dorados muy fotogénicos sobre el agua. Todos los presentes permanecían en silencio, expectantes por que el niño nubio hablara.
—Señores cocodrilos. Sabemos que sois invisibles y que por eso no os podemos encontrar. Pero es preciso hallar una solución. Porque si no, el turismo no volverá nunca. Y nosotros volveremos a ser pobres, y entonces pasaremos muchas calamidades, hambre y todo eso —dijo el niño nubio.
Entonces se oyó una voz que procedía del río:
—Solo somos invisibles dentro del agua —dijo el cocodrilo mayor.
—¿Y cómo es eso posible? —preguntó uno.
—Porque, de cocodrilo, lo que se dice de cocodrilo, ya solo nos queda el espíritu.
—¿Y por qué os coméis a los turistas? —preguntó el alcalde.
—¡Oh!, la culpa es vuestra.
—¡¿Nuestra?! —se extrañó el alcalde.
—Sí, un buen día, dejamos nuestros cuerpos descansando y salimos en espíritu a dar una vuelta por el Nilo, lejos, muy lejos. Cuando volvimos, habíais construido una presa en medio del río.
—¡Es que así era más fácil controlar las crecidas del río! Ahora es mucho más tranquilo, no se desborda y no se inundan las cosechas —explicó el alcalde.
—Ya, ya. Pero lo hicisteis demasiado rápido. Nos teníais que haber avisado, hombre. Desde que está la presa, nuestros verdaderos cuerpos están allí y nuestros espíritus aquí. Por eso nos comemos a los turistas. Porque necesitamos un cuerpo para cuando estamos fuera del agua —dijo el cocodrilo mayor.
—¡Vaya, esta sí que es buena! ¿Y para dentro del agua no necesitáis un cuerpo? Ahí, claro, podéis estar tan tranquilos en espíritu, invisibles y todo.
Qué originales… —dijo el alcalde, lleno de ironía.
—Pues… sí, en realidad también lo necesitamos. Pero los cuerpos humanos no sirven para respirar dentro del agua. Están mal hechos.
De repente, se hizo un abrumador silencio entre la multitud. Todo el mundo se daba cuenta de que, en efecto, los cuerpos humanos podían ser realmente imperfectos en algunas ocasiones.
—¿Y si levantamos la presa un rato volveréis al otro lado, a vuestros cuerpos? —propuso el alcalde.
—Lo podemos intentar. La verdad es que el último cuerpo de turista que me comí yo, me venía un poco pequeño —confirmó el cocodrilo mayor.
Entonces el alcalde tomó prestado el teléfono móvil del embajador alemán —que había ido ese fin de semana a comprar azafrán del bueno— y llamó al jefe de la presa para darle instrucciones.
—Una última pregunta —se apresuró el embajador—. ¿Por qué no os comisteis a los espías alemanes, disfrazados de titiriteros?
—Porque sus marionetas representaban crías de cocodrilo. Nos cayeron simpáticos, ésa es la verdad —dijo el cocodrilo mayor.
Así pues, los cocodrilos invisibles se fueron a toda velocidad al otro lado de la presa. Cuando el alcalde pensó que ya habían tenido tiempo más que suficiente, dio la orden de que se volviera a bajar. Pero entonces se escucharon unas voces a lo lejos: «¡¡Esperad!! ¡¡Esperad un poco más!!». Eran todos los turistas que se habían comido. Ahora, volvían a nado.
—Esto sí que no lo entiendo —dijo el alcalde—. ¿No se los habían comido?
—Sí, pero como ya tienen de nuevo su cuerpo, nos han devuelto los que no les sirven. Ahora también podremos ver a los cocodrilos cuando estén dentro del agua —dijo el niño nubio.
© Santiago Gallego

3 comentarios:

white dijo...

Es un cuento muy simpático, lleno de imágenes y de chispa que hace saltar la sonrisa de un lado al otro de la cara. Me ha gustado un montón. Besitos, Hermi

Anónimo dijo...

Se nota que todavía conservas el espíritu de Asuán, o ¿me equivoco? lo primero que he pensado ha sido, no hay cocodrilos en Asuán por culpa de la presa, y mira lo que se te ha ocurrido a tí, Santiago. Muy original. Un abrazo. carmina

Anónimo dijo...

Es que este nieto mío es un genio, se parece a su abuela.
Ángela