viernes, 15 de mayo de 2009

Cuentos del murciélago goloso. La indigestión de los buzones

Diseño de la cubierta: Santiago Gallego

Cuentos del murciélago goloso

© Autores LIJeros

Índice de cuentos y autores:

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"La indigestión de los buzones"

por Raquel Míguez

Autora de las ilustraciones: María Sierra Varo

Los buzones empezaron a vomitar un domingo.
Había nevado toda la noche y la ciudad había amanecido blanca y silenciosa.
—¡¡Mamá!! —gritó Marina nada más levantarse—. ¡Está nevando! ¿Puedo salir a jugar a la plaza? —Primero, a desayunar —contestó su madre, que estaba escribiendo en la cocina.
—¿Qué escribes? —preguntó Marina.
—Una carta.
—¿Para quién?
—Para mi amiga Lola.
La madre de Marina cortó una rodaja de pan y la puso en la tostadora.
—¿Y por qué no la llamas por teléfono? —preguntó la niña.
—Porque si le escribo, me contestará. Y un día de estos me encontraré su carta en el buzón. ¡Hace siglos que no recibo una carta!
—¿Me dejas que eche la tuya?
—Vale. Pero primero, a desayunar.
Con el último bocado en la boca, Marina cogió la carta. Corrió hasta la plaza, la deslizó dentro del buzón y se agachó a hacer una bola de nieve. En ese momento, oyó un rugido a su espalda. La niña soltó el puñado de nieve y miró alrededor. La plaza seguía vacía y silenciosa.
—¡Burggg!
El eco del nuevo rugido retumbó en toda la plaza. Marina se acordó entonces de lo que le había contado su hermano mayor:
—En las alcantarillas viven animales peligrosos. Cocodrilos enormes que pueden tragarse a un hombre de un bocado.
Marina miró la alcantarilla, a pocos pasos de donde estaba. ¿Y si uno de esos cocodrilos estuviera a punto de salir a comer?
La pequeña se levantó y empezó a caminar hacia atrás. A cada paso, la nieve crujía bajo sus botas como las patatas fritas en el cine.
—¡¡Burggg!!
La niña abrió los ojos como platos:
¡La carta que acababa de echar había salido despedida y había aterrizado en la nieve!
Al instante, el miedo se esfumó. Porque un buzón es un buzón, aunque eructe como un cocodrilo.
Marina recogió la carta y la deslizó por la ranura.
—¡¡Burggg!!
Al segundo, la carta salió volando y fue a clavarse en la nieve, a los pies del olivo plantado en el centro de la plaza. La niña la recogió y corrió a su casa.
—Llamaremos a Correos ahora mismo —le dijo su madre.
El mecánico de buzones se presentó enseguida.
—Buenos días, señora. ¿Es ese de la plaza el buzón que vomita cartas?
—Sí, es ese.
El hombre abrió su maletín, sacó un termómetro grande como un brazo y lo puso en la boca del buzón. A continuación, con un martillo de goma le dio golpecitos aquí y allá.
Cada poco, escribía en una libreta.
—¿Le puedes decir a tu mamá que salga un momento? —le pidió a la niña, sin levantar la cabeza de sus notas.
Marina entró en casa y volvió con su madre.
—Señora, ¿cuánto tiempo llevaba este buzón sin cartas?
—No lo sé exactamente. Yo no escribía desde hacía años, pero quizás algún vecino haya echado alguna.
—No creo, señora. Me parece que lleva años alimentándose de publicidad y cartas de bancos, y ya no tolera las cartas de verdad. Hay que ponerlo a tratamiento.
El mecánico arrancó una de las hojas de su libreta.
—Aquí le dejo las instrucciones —dijo—. El Gobierno debería obligar a los ciudadanos a escribir cartas. ¿Para qué queremos buzones, si no?
—Tiene usted razón, pero...
—Por no hablar de la seguridad… —la interrumpió el hombre—. En la calle Mayor tuvimos que pedir una ambulancia.
—¿Una ambulancia para buzones?
—No, señora, una ambulancia para personas. Un vecino amaneció con un sello pegado en la lengua, otro con las manos negras de tinta y una señora resultó con cortes en la cara.
—¡Con cortes en la cara! —repitió alarmada la madre.
—Estaba dando un paseo, cuando un buzón escupió un par de sobres.
El primero le cortó la oreja y el segundo se le clavó en la barbilla.
—¡Qué barbaridad!
—O se toman medidas o se quitan los buzones. Porque ya ve usted que se están volviendo peligrosos.
El hombre se despidió y se perdió calle arriba.
—Ya lo has oído, Marina, hay que ponerle un tratamiento.
Marina leyó la nota del mecánico:
—Dieta de letras: cinco vocales, diez consonantes, quince palabras cortas.
Escribió las quince letras y las quince palabras, las metió en una bolsa y salió a la plaza a echarlas en el buzón.
—¡Burggg!
En cuanto se hubo tragado la última, el buzón empezó a vomitar: árbol, pera, sol, pato, pez, luna, gato… Las palabras fueron cayendo sobre la nieve como lluvia de confeti.
La niña las recogió y las deslizó por la ranura. Así una y otra vez, hasta que el buzón dejó de vomitar.
Pero nadie más en la ciudad se ocupó de poner a tratamiento a los buzones enfermos, porque nadie los necesitaba.
Poco a poco, Correos se los fue llevando todos para reciclarlos y convertirlos en cajas de galletas. Todos, menos el de la Plaza del Olivo.
Cada tres o cuatro días, el buzón de la plaza tenía alguna carta en la barriga:
La madre de Marina recibió carta de su amiga Lola. Marina le escribió a su abuela, que le contestó con una adivinanza dentro de un sobre perfumado. El hermano mayor sacó fotos de la plaza y se las mandó a su primo de Vigo, que le contestó con una postal de la playa de Samil. El padre escribió a la tía Pepa por su cumpleaños y la tía Pepa envió un paquete de chucherías para los niños, que le escribieron una carta para darle las gracias.
El buzón de la Plaza del Olivo se convirtió con el tiempo en una atracción turística.
Desde entonces, los visitantes se acercan a sacarle fotos y a mandar sus postales. Y algunas veces también fotografían a Marina echando una carta.

© Raquel Míguez

1 comentario:

Anónimo dijo...

Original y divertido. A ver si nos animamos a llenar los buzones de cartas amistosas, familiares, que nos hacen felices sólo con leer el remitente y ver la letra manuscrita de quien nos escribe. Sigamos escribiendo. Carmina