Por Dos Patas Para Un Banco
Hay una pregunta que, cada vez que hablamos de lectura en las aulas, deberíamos hacernos: ¿queremos que los niños aprendan a leer o queremos que quieran leer?
Porque no es exactamente lo mismo.
Un niño puede aprender a juntar letras, leer correctamente un texto y responder después a las preguntas que aparecen al final de la página. Puede hacerlo incluso muy bien. Pero eso no significa necesariamente que se haya convertido en lector.
Ser lector es otra cosa.
Es descubrir que detrás de unas letras hay una historia que puede hacernos reír, pasar miedo, emocionarnos o simplemente dejarnos pensando. Es encontrar un personaje que nos cae bien, otro que nos resulta insoportable y alguno que, quién sabe, se parece un poco a
nosotros. Es terminar un cuento y quedarse con ganas de otro.
Y muchas veces, para que eso ocurra, solo hace falta que alguien nos cuente una historia.
Eso es, precisamente, lo que hacemos en Dos Patas Para Un Banco cuando entramos en un aula. Contamos cuentos. Pero, en realidad, lo que intentamos es algo un poco más difícil: despertar las ganas de seguir buscando historias cuando nosotros ya nos hemos marchado.
Porque dentro de los libros hay diversión. Muchísima.
Nos gusta convertir a los niños en detectives de las letras.
La idea surgió de algo muy sencillo. Cuando a un niño le propones una lectura como una obligación, lo primero que suele pensar es cuánto le queda para terminarla.
Cuando le planteas una historia como un misterio, la actitud cambia.
¿Quién será este personaje?
¿Por qué habrá hecho eso?
¿Qué pasará después?
¿Y si el final fuera diferente?
¿Quién escribió este cuento? ¿Habrá escrito otros?
De repente, las preguntas empiezan a aparecer. Y cuando aparecen las preguntas, aparece algo fundamental: la curiosidad.
Un detective no investiga porque alguien le haya mandado hacerlo. Investiga porque quiere saber qué hay detrás.
Con los libros nos gustaría que ocurriera lo mismo.
No pretendemos que todos los niños se conviertan en grandes lectores de la noche a la mañana. Ni siquiera creemos que tengan que enamorarse del mismo tipo de libros.
Lo que queremos es que descubran que hay historias esperando a que alguien las encuentre.
Quienes contamos cuentos hemos aprendido algo con el tiempo: cuando un niño escucha una historia, están pasando muchas más cosas de las que vemos.
Está escuchando palabras nuevas. Está imaginando lugares que no existen. Está intentando averiguar qué hará el protagonista. Está esperando el momento de descubrir el final.
Y también está aprendiendo a escuchar a los demás, a reconocer emociones, a ponerse en el lugar de un personaje que quizá piensa o siente de una manera muy distinta a la suya.
Pero hay algo que a veces olvidamos cuando hablamos de educación: lo está pasando bien.
Y parece una cuestión menor, pero no lo es.
Hemos hablado tanto de los beneficios de la lectura que, en ocasiones, nos hemos olvidado de su principal atractivo: leer puede ser un auténtico placer.
Sí, los libros ayudan a mejorar el vocabulario y la comprensión lectora. Sí, alimentan la imaginación y pueden contribuir a desarrollar el pensamiento crítico. Todo eso es importante.
Pero un niño también puede enamorarse de un libro porque le hizo reír.
Y no necesitamos ninguna otra explicación.
La narración oral tiene algo que a nosotros nos sigue fascinando.
Cuando contamos un cuento, el libro desaparece durante un rato y la historia empieza a vivir en la voz. Están los silencios, los cambios de ritmo, una mirada, un gesto, una pausa antes de decir algo importante.
Y están ellos.
Los niños.
A veces sabemos exactamente cuándo un cuento ha conseguido atraparlos. Se hace ese silencio especial que no es el silencio de «me porto bien porque me lo han pedido», sino el de quien necesita saber qué va a pasar.
Ese momento es maravilloso.
Y después viene una parte que nos interesa todavía más: enseñarles el libro.
«Este cuento estaba aquí».
Y entonces pueden tocarlo, mirar sus ilustraciones, descubrir quién lo escribió, buscar otros títulos del mismo autor.
La historia que acabamos de contar puede convertirse en una pista.
Y esa pista puede llevar a otra.
La narración oral no pretende sustituir la lectura. Al contrario.
Queremos que el cuento les deje con ganas de abrir el libro.
Hay niños que descubren muy pronto qué tipo de historias les gustan. Otros necesitan probar.
Unos buscan aventuras. Otros quieren reírse. Hay quien se queda atrapado en un cómic, quien prefiere la poesía, quien disfruta con los monstruos, los animales, los misterios o las historias que hablan de cosas que les están pasando.
Y luego están los que todavía no han encontrado su libro.
A estos últimos hay que tenerles un poco de paciencia.
Porque decir «este niño no lee» puede ser una conclusión demasiado rápida.
Quizá no le hemos ofrecido todavía la historia adecuada.
Quizá necesita que alguien se la cuente primero.
Quizá necesita ver a otros disfrutar con ella.
Quizá necesita descubrir que también hay libros para él.
Por eso creemos que nuestra tarea no es conseguir que todos los niños amen todos los libros. Eso sería imposible.
Nuestra tarea es ayudarles a encontrar uno que les haga querer otro.
Ahí empieza todo.
Un libro lleva a otro. Una historia despierta una pregunta. Una pregunta conduce a otra historia.
Y poco a poco, casi sin darse cuenta, el niño empieza a buscar por sí mismo.
Crear lectores no es responsabilidad exclusiva de la escuela.
La familia tiene mucho que decir. También las bibliotecas, las librerías, los escritores, los ilustradores, los narradores, las asociaciones culturales y todas aquellas personas que trabajan para acercar los libros a los niños.
En Alicante tenemos, además, una red de bibliotecas y actividades culturales que pueden hacer que ese encuentro con los libros continúe fuera del colegio.
Pero ninguna campaña, ningún programa y ninguna actividad puede sustituir una cosa muy sencilla: que un niño vea a un adulto disfrutar con una historia.
Los niños observan mucho más de lo que creemos.
Si nos ven emocionarnos con un cuento, reírnos con un personaje o recomendar un libro con entusiasmo, eso también cuenta.
Por eso quizá una de las mejores maneras de animar a leer sea hablar de los libros con la misma naturalidad con la que hablamos de una película que nos ha encantado.
Quizá hemos puesto demasiado énfasis en conseguir que los niños lean un determinado número de páginas, terminen un libro concreto o respondan correctamente unas preguntas.
Y quizá deberíamos mirar un poco más lejos.
Imaginemos a un niño entrando algún día en una biblioteca. Mira las estanterías. Hay cientos de libros.
Nadie le dice cuál tiene que coger.
Nadie le pone una nota.
Nadie le pregunta cuántas páginas ha leído.
Simplemente piensa:
«A ver qué historia puedo descubrir hoy».
Para nosotras ese momento sería un pequeño triunfo.
Porque significaría que aquel niño ha aprendido algo mucho más importante que completar una tarea: ha descubierto que las historias también pueden formar parte de su vida.
Eso es lo que buscamos cuando entramos en un aula.
Contar, escuchar, reír, sorprender.
Y, sobre todo, dejar una pequeña semilla de curiosidad.
Después, que cada niño siga su propio camino.
Porque en Dos Patas Para Un Banco no queremos entregarles a los niños todos los
tesoros que hemos encontrado.
Queremos enseñarles dónde buscar.
FESTIVAL OFFLINE UMH: DESCONECTADOS PARA CONECTAR EN FAMILIA
El próximo sábado 3 de octubre (10:00 h - 14:00 h) celebramos en el Campus de Sant Joan d'Alacant el «Festival Offline: Desconectados para Conectar», una jornada gratuita diseñada para disfrutar del ocio analógico y el bienestar digital en familia.
Mientras madres y padres comparten un espacio de diálogo sobre la gestión de la tecnología en casa, niños y jóvenes disfrutarán de juegos al aire libre, animación a la lectura a cargo del Grupo Leo y talleres participativos pensados para que los adolescentes descubran cómo tomar el control de su tiempo en redes, manejar la presión digital y disfrutar del ocio real. Además, compartiremos un almuerzo juntos para disfrutar de la mañana en comunidad.
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