Los alumnos de la etapa de secundaria del
colegio Salesianos DON BOSCO ALICANTE, han participado un año más en el
Concurso literario de cuentos y poemas del Grupo Leo, con su creatividad
literaria y su capacidad de describir acciones, ambientes y personajes han
presentado trabajos de gran calidad, algunos de ellos han sido premiados en el
concurso.
Estos que compartimos hoy son la muestra
del talento y del gran trabajo de todos nuestros alumnos.
Gracias a todos por
demostrar que la escritura es el camino para desarrollar la creatividad,
el autoconocimiento, la disciplina y la capacidad de comunicación, es una herramienta que nos organiza
el pensamiento. Nos permite explorar ideas, es una forma de escuchar la propia
voz y convertir el "sueño" en palabras tangibles.
UNA CAJA ESPECIAL
Hace ya bastante tiempo, exactamente 4 años y seis
meses, mi abuela falleció en una lluviosa y apagada noche. Una semana después
de que nos dieran esa triste noticia, tras leer el testamento, me hicieron
llegar una extraña y pequeña caja que mi abuela me había dejado única y
exclusivamente a mí.
Nada más coger aquella caja me quedé paralizada, yo
estaba muy unida a mi abuela y después de que me contasen esa desgarradora
noticia me pasé una semana bastante deprimida, esa caja era la luz que me
iluminó en ese momento, saber que mi abuela había pensado expresamente en mí.
Cuando conseguí centrarme en ese momento, intenté abrirla, pero fue inútil,
tenía un candado con una contraseña de tres números. Lo primero que se me vino
a la cabeza cuando no pude abrir esa caja era que mi abuela había preparado una
cerradura que se abriría al resolver un acertijo, tal y como los que solíamos
resolver juntas después de clase. Así que empecé a pensar cómo poder averiguar
cuál era ese enigma, cuando, de repente, se me cayó la caja al suelo y un papel
salió de la nada en el que ponía:

"Sofía, si estás leyendo esto, me temo que no es
precisamente una buena noticia, pero sé que estarás bien sin mí. Para que te
acuerdes siempre de mí, te he querido dejar este regalo para que me sientas
cerca siempre, porque estoy en todo y en nada, para que no me olvides.
Te quiero.
Tu abuela."
Me costó leer la carta, apenas podía leerla con las
lágrimas que me inundaban los ojos. Pero al acabarla me quedé en blanco, no
sabía qué es lo que mi abuela me había querido decir con esas palabras, qué es
lo que había dentro de esa caja para que nunca la olvidase y, sobretodo, cuáles
eran los números que la abrían.
Me pasé un par de días pensando y probando todos los
números posibles que pudiesen tener que ver con mi abuela, pero no conseguí
averiguar la contraseña correcta, y fue justo en ese momento en el que caí en
un detalle de la carta al que, en un principio, no le di importancia, había una
frase en cursiva, "porque estoy en todo y en nada". Y, ¿si había algo
escondido ahí? Entonces empecé a pensar, ¿qué está en todo y en nada? No tenía
sentido. Me pasé horas y horas, hasta que pensé en que no tiene porque ser algo
concreto, sino algo más relacionado con su escritura. ¿Qué tenían en común
estas dos palabras? Ahí estaba la solución, la letra "d", está en
todo y en nada. La letra "d" corresponde con el número 4 del
abecedario. Rápidamente puse el número en el candado y fácilmente se abrió.
Abrí la caja y dentro había un precioso collar, un
collar y una carta. Una carta en la que en el dorso ponía: para Sofía. La abrí,
estaba escrita con su mejor caligrafía y se notaba el cariño con la que estaba
redactada:
Querida Sofía,
¡Cómo me gustaría poder tenerte delante, poder
abrazarte, darte un beso de esos que tanto te gustan! No sé muy bien cómo
escribirte esta carta, nadie te prepara para esto, pero simplemente que sepas
que siempre viviré en tus recuerdos y en todos los momentos que vivimos juntas.
Para facilitarte la tarea de recordarme quería dejar a tu cargo este colgante,
perteneció a tu tatarabuela, más tarde a tu bisabuela y a mí, por último, te lo
he querido hacer llegar a ti. Con este colgante podrás sentirme cerca de mí,
tal y como si siguiese ahí a tu lado. Así que hagamos un trato, yo te vigilaré
y te cuidaré desde aquí arriba, y tú no dejarás de ser como eres, tan atenta,
soñadora y curiosa.
Ya sea desde aquí o desde más lejos, siempre te
querré.
Abuela.
Durante esa tarde no dejé de llorar, esa carta me
había recordado lo mucho que echo de menos a mi abuela, y que ya no podré crear
nuevos recuerdos con ella. Tardé nada en ponerme aquel colgante, me quedaba
perfecto, estaba hecho para mí. Aquel día comprendí la importancia de todos
aquellos pequeños momentos que no disfruté lo suficiente, que los viví siendo
inconsciente de que llegaría un momento en el que ya no sería posible crear
nuevos. Desde ese mismo instante, no me he quitado ese collar, me ha protegido
de todos mis problemas y me ha impulsado a ser yo misma un día tras otro,
porque no seré yo quien rompa la promesa.
Daniela Cots Catalá, 4ºA ESO
ALAS
Esto ocurrió hace no
mucho, en un reino mágico del bosque llamado Corala, donde las hadas trabajaban
desde su nacimiento en crear sus alas perfectas para poder volar tan lejos como
quisieran. Estas se van formando poco a poco en sus espaldas de una manera muy
especial. Durante el año, las hadas van guardando experiencias y recuerdos
bonitos en los que se han sentido bien, a gusto y queridas por otras hadas,
para luego transformarlos en hilo mágico con el que se irán formando sus alas.
Ellas no pueden ver sus propias alas, puesto que se van formando en sus
espaldas. La única manera que tienen de saber si ha llegado su hora de volar es
cuando se sienten completamente felices.

Lúa era un hada algo
tímida, era muy observadora y le gustaba ver crecer las alas de sus compañeras.
Le encantaba pararse a observar los colores y las formas que iban tomando las
alas del resto e imaginar cómo serían las suyas. Pero sobre todo le gustaba
participar en la creación de las alas de otras hadas, y siempre intentaba
crearles momentos agradables, que les pudiesen ir añadiendo hilo a sus alas,
aunque para ella no fuesen tan agradables. Pasaron meses y aunque Lúa no las
viese, sus alas eran mucho más pequeñas que las del resto de hadas. Ella no se
daba cuenta, pero cada vez era menos la cantidad de hilo mágico que generaba
para poder ir creando sus propias alas. se notaba diferente al resto de hadas.
Algunas ya estaban aprendiendo a volar, ya que sus alas estaban cargadas de
muchísimos momentos felices, y eran lo suficientemente grandes y bonitas como
para echar a volar. Por más que lo intentaba, Lúa no conseguía alzar el vuelo.
Un día decidió consultarlo con una anciana especialista en alas. Cuando la
anciana vio sus alas no se lo podía creer, para la edad que Lúa tenía, sus alas
eran demasiado pequeñas. Esta le explicó que el crecimiento de las alas se da
cuando las hadas se sienten bien, y notaba que Lúa no se estaba sintiendo del
todo bien. Le explicó que es cuestión de tiempo, y que para que otras le
ayudasen a construir sus alas, primero se tenía que ayudar a ella misma,
cuidándose, queriéndose, aceptándose y no comparándose con el resto. La anciana
y Lúa estuvieron viéndose durante un largo tiempo, en el que la anciana le
enseñó a quererse tal y como ella era. Al cabo de unos meses Lúa comenzó a
notar que sus alas estaban creciendo de forma muy sana, pero todavía no era
capaz de conseguir alzar el vuelo, había algo que le faltaba. Un día recibió lo
que en ese momento fue una mala noticia. Lúa se tenía que trasladar a otra
parte del bosque después del verano, por motivos familiares. Esta pasó un
verano algo agridulce, estaba triste, agobiada y le asustaba mucho salir de su
zona de confort.
Cuando llegó a su nuevo
hogar, se volvió a sentir pequeñita al lado del resto de las hadas de su nuevo
reino. Pero fue valiente y decidió acercarse a ellas. En muy poco tiempo, empezó
a rodearse de hadas que le hacían sentirse muy bien. Poco después se dio cuenta
de que eso era justo lo que necesitaba, encontrar unas buenas amigas, las que
siempre había soñado tener. Comenzaron a crear muchos momentos felices y
agradables juntas, por primera vez se sentía completamente feliz. En poco
tiempo, Lúa se sintió preparada para volar, ya que sus alas estaban
completamente terminadas. Consiguió alzar el vuelo y volar a la altura del
resto de hadas.
Desde entonces, si te
fijas bien puedes verla volando feliz por el bosque.
Noa López
Estela, 4ºA ESO
LA
CURVA DEL TAXI
Aquel día el cielo no tenía forma. Las nubes,
borrosas, parecían dibujadas por una mano temblorosa. El reloj no marcaba
horas, sino heridas abiertas. La calle olía a despedida y a miedo, como si todo
lo que pudiera salvarse ya se hubiera ido.
Frente a la acera, un taxi esperaba. Era uno
cualquiera, pero llevaba en sus ruedas la capacidad de arrancar raíces. Dentro,
dos cuerpos abrazaban maletas. Afuera, una figura temblaba como una hoja en
diciembre. No hablaba. Solo miraba.
El silencio se volvió denso. Las bocas no encontraron
palabras, y los ojos hicieron el esfuerzo de recordarlo todo en segundos: las
risas, los días eternos, las promesas sin fecha de caducidad. Pero la promesa
más grande —la de quedarse— se rompía con el arranque del motor.
Y entonces pasó: el taxi giró la curva.
Fue ahí, justo en ese giro, donde algo se desgarró. No
fue la piel. Fue algo más hondo. Como si el alma tuviera hilos, y uno de ellos
se hubiera quedado enganchado en el coche mientras el resto del cuerpo se
quedaba atrás. El alma, desorientada, tropezó, se arrodilló y ya no volvió a
levantarse igual.
No hubo muerte, pero dolió como si la hubiera. Porque
cuando algo se va sin despedirse del todo, no termina de irse nunca. Porque los
vivos también pueden desaparecer, y las palabras no dichas se convierten en
espectros que se sientan a tu lado cada noche. Durante los días siguientes, la
figura que quedó atrás dejó de tener color. Caminaba, pero no llegaba.
Respiraba, pero no sentía. Le decían que sonriera, que no era para tanto. Pero
nadie veía el hueco exacto que había quedado. Nadie escuchaba el eco de los
gritos que no se lanzaron afuera por miedo a parecer exagerados.
Esa alma rota aprendió a vivir con su grieta. La
disfrazó con rutinas, con risas prestadas, con intentos de olvido. Pero nada
llenaba. Porque no era una ausencia cualquiera. Era una presencia que dolía más
por no estar.
Pasaron meses. Luego años. Las llamadas se hicieron
menos, las respuestas se apagaron. Hasta que un día, simplemente, ya no hubo
nada. Ni un mensaje. Ni un “¿cómo estás?”. Solo el recuerdo de un taxi y una
curva que nadie más vio romper.
Y, sin embargo, ahí seguía. El hueco. La grieta. El
alma, como un jarrón reparado con hilos de oro invisible. Más frágil, sí. Pero
también más fuerte y consciente.
Nunca volvió a ser la misma. Nunca quiso serlo. Porque
hay pérdidas que no se superan, solo se caminan. Hay taxis que no se olvidan,
curvas que se repiten en sueños, y personas que, sin morirse, te parten en dos.
Y tal vez no haya cicatriz más profunda que aquella
que no se ve desde fuera.
Elena Córcoles Briongos, 2ºA ESO