viernes, 26 de junio de 2009

Cuentos del murciélago goloso. Blas, el -jenio- del lumigás

Diseño de la cubierta: Santiago Gallego

Cuentos del murciélago goloso

© Autores LIJeros

Índice de cuentos y autores:

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Blas, el <<jenio>> del lumigás

por Isabel Redondo


Autora de las ilustraciones: María Sierra Varo
Otra vez las faltas. Las puñeteras faltas de ortografía.
Y había que copiarlas cincuenta veces.
Cuando Teresa, la profe de Lengua, me devolvió el dictado corregido, éste estaba más rojo que un tomate con vergüenza.
—De verdad, chicos, que hoy estáis especialmente inspirados —nos había dicho antes de repartir los cuadernos—. Si esto fuera un ejercicio de creatividad, os aseguro que os ponía un 10 a todos.
Y a mí, después de recordarme por centésima vez que «lo primero que se echa es la hache» y que «el que debe con uve no paga», me soltó delante de todos los compañeros:
—¡Animal, que genio es con ge!
Eso sí que no. De eso estaba seguro y bien seguro.
—Pues yo lo he visto escrito con jota. En un libro que tiene mi madre —repliqué, encantado de poder llevarle la contraria aunque fuera por una sola vez.
La señorita Teresa se puso pálida.
—¿Qué libro es ése?
—Uno de un señor llamado Juan Ramón Jiménez.
En un instante, la cara de Teresa pasó del amarillo al rojo como si fuera un semáforo.
—¡Ah, bueno! Pero es que Juan Ramón Jiménez escribía las palabras como a él le sonaban.
—¡Mírale qué majo! ¿Y por qué nosotros tenemos que aprendernos este rollo? —protesté sin poderme aguantar. Aquello ya era demasiado.
—Eso digo yo —me siguió mi amigo Julio. Con él se puede contar para todo.
—Pues si a ese tío le dejan escribir con faltas, a menda lerenda también —saltó Juan de Ares, el más gamberro de mi clase, poniéndose de pie y lanzando después el libro de Lengua a la papelera.
¡Encestó de plano, el tío, desde su mesa! Si le ficharan los de la NBA le harían dos favores a la Humanidad: el primero, quitárnoslo a nosotros del medio, y el segundo, que en la «Nacional
Baloncesting Americana» tendrían un elemento de primera.
Como la cosa se estaba empezando a liar, porque ya el Elías y el Chechu (que siempre hacen lo que haga Juan de Ares) se habían levantado también y practicaban el lanzamiento de libro de texto —eso sí, con mucha peor fortuna que su héroe. A estos no les fichan ni en Barrio Sésamo—, Teresa se mosqueó, dio dos palmadas para mandarnos callar y, mirándome muy seria, me dijo:
—Miguel, cuando tú seas un escritor famoso como Juan RamónJiménez, escribes como te dé la gana. Pero hasta entonces, haces el favor de respetar las reglas de ortografía, que si no, cuando seas mayor, no te van a dar trabajo ni de barrendero municipal —y, con esa habilidad que tienen los profesores para cambiar de tema, preguntó—: por cierto, ¿alguien sabría decirme qué escribió Juan Ramón Jiménez?
—El Burro Flautista —saltó el bruto de Tomás Melón. Su apellido lo dice todo.
—No, hombre, que eso es una fábula de Iriarte —dijo Cecilia Vega, la empollona de la clase—. «Y sonó la flauta por casualidad».
Verónica la del Súper, dijo con esa vocecilla que tiene que casi no se oye:
—Escribió un cuento llamado Platero y yo. A mí me lo trajeron los Reyes este año.
—Muy bien, Verónica —dijo Teresa—. ¿Nos haces el favor de contarles a estos incultos de qué va?
La pobre Verónica se puso roja como un pimiento porque es muy tímida. La llamamos Verónica la del Súper no porque sea familia de ningún superhéroe, sino porque su padre es el dueño del supermercado SPAR que hay en la misma calle del colegio.
—Pues… va de un burro llamado Platero que es muy suave y tiene los ojos de azabache y… y…
Por las filas de atrás se oyeron algunas risillas. Hasta sonó un rebuzno made in Juan de Ares. Teresa se apresuró a preguntar:
—¿Te gustó?
Verónica se encogió de hombros.
—Psss. Traía unos dibujos muy chulos.
—Lo que yo decía. ¡Pandilla de incultos! —resopló Teresa—. Anda, poneos ahora mismo a copiar las faltas, a ver si se os meten en la mollera de una vez.
Yo me puse a lo mío. Echar, echar, echar, echar…; rompió, rompió, rompió, rompió… Pero, cuando llegué a los jenios, sabiendo lo que ya sabía y en vista de que nadie me había explicado por qué demonios genio era con g en lugar de con j, me emperré y escribí en el cuaderno:
Jenio
Jenio
Jenio
Jenio
Así hasta cincuenta veces. Y cuanto más lo escribía, mejor me sonaba.
De tanto repetir dale que dale la misma palabra con boli rojo, la cabeza se me mareaba y se me ponía tontorrona. Me parecía que, con tanto insistir, lo que estaba haciendo era llamar a los jenios con j, estuvieran donde estuviesen.
—Si vienen en un libro y, encima, de un escritor tan famoso, tiene que haber jenios con j en alguna parte —les dije a Julio y a Verónica la del Súper mientras marchábamos para casa.
—Mira que eres pesao, Miguelito —gruñó mi amigo un poco fastidiado.
—Miguelito Carapito —canturreó Alejandro, el hermano pequeño de Julio, que todos los días vuelve a casa del colegio con nosotros y todos los días, sin faltar uno, tiene que soltar la misma gracia.
Le tiré una castaña de Indias que cogí del suelo, pero Alejandro corre que se las pela y la esquivó sin ningún problema. De mayor, va a ser campeón olímpico de maratón, seguro.
—¿Qué vais a hacer este fin de semana? —nos preguntó Verónica.
—Nosotros nos vamos al pueblo —contestó Julio—. Como hay puente…
—Pues nosotros nos vamos de camping —dije yo, que por una parte estaba encantado porque me gusta mucho ir de acampada con mis padres y mi hermana Lola, pero por otra me fastidiaba un montón tener que llevarme la mochila cargada de deberes.
Eso sí, lo de los deberes se me olvidó en cuanto llegué a casa y me encontré a papá en el salón metiendo los sacos de dormir en un bolso gigantesco que llamamos el Bolso Buque.
—¿Y mamá? —le pregunté después de darle dos besos, porque era hora de merendar y quería que ella me hiciera un superbocata de los suyos.
—Preparando la comida y la ropa. Ya sabes que hay que dejarlo todo listo esta noche para poder salir mañana en cuanto os recojamos en el colegio.
Yo sonreí. En un rincón estaban los bultos verdes y naranjas de las dos tiendas con aquel olor a lona tan especial: olor a vacaciones y a aventuras.
Aquello hizo que empezaran a bailarme las cosquillas dentro del estómago, igual que en la noche de Reyes… Pero eso no iba a impedir que me zampara un bocadillo de Nocilla de tres pisos.
Después de merendar, mi padre me encargó que fuera al garaje y limpiara el lumigás, que estaba lleno de polvo desde la última vez que lo usamos. Para quien nunca haya ido de acampada, un lumigás es un farol que se conecta a una bombona de butano de esas pequeñas de color azul, se prende con una cerilla y sirve para alumbrar por la noche —ya que en el camping al que íbamos no había luz para las tiendas.
¡Qué fácil es obedecer, incluso aunque a uno le manden limpiar algo, cuando es para ir de vacaciones! Así que, sin que papá tuviera que repetírmelo, cogí un trapo y me puse manos a la obra. Estaba yo ahí, frota que te frota, cuando el lumigás se encendió solo con un siseo.
—¡Sopla! —exclamé tirando el cacharro tan lejos como pude. ¡Menudo susto me había llevado!
Pero entonces el lumigás empezó a echar humo. ¡Pues sí que tenía polvo aquel chisme!
El humo se espesó cada vez más hasta tomar la forma de un tipo fuertote y musculoso, como Schwarzenegger cuando hacía de Conan el Bárbaro, pero con una cabecita pequeñaja, orejas trompeteras (en una de las cuales llevaba un aro como si fuera un pirata), brillantes ojos negros y un pañuelo rojo de lunares anudado en la nuca.
—Saludos, mi amo. Soy Blastóporo, el jenio del lumigás, pero si quieres puedes llamarme Blas, que es más corto. Aquí estoy porque me has llamado —dijo el tío, cruzando los brazos, tan campante.
—¿Que yo te he llamado? ¿Cómo?
—Frotando el lumigás, naturalmente.
—Hombre, yo había oído hablar del genio de la lámpara, pero esto…
—contesté. Estaba tan alucinado que no sabía qué decir.
—¡Bah! Tú te refieres a esos estirados, los genios de primera clase como Aladino y compañía, ¿no? Pues de eso nada, monada; yo pertenezco al gremio de los jenios con j, y a mucha honra.
—¡¿Pero existís de verdad?!
—Pues claro, lo que pasa es que, como no estamos muy solicitados, no tenemos dinero para pagar el alquiler de una lámpara o de una alfombra decentes, así que vivimos donde podemos. Esta mañana, cuando tú me consagraste a tu servicio escribiendo cincuenta veces el nombre de mi especie, según reza una de las Leyes No Escritas, busqué un lugar donde estar cerca de ti, y este farol de gas fue lo mejor que encontré.
No me lo podía creer: no sólo tenía un jenio —un jenio con j— para mí solito, sino que además yo y Juan Ramón Jiménez teníamos razón y el resto del mundo estaba equivocado.
¡Era jenial!
Me parece que mi siguiente pregunta resultaba lógica:
—¿Los jenios con j podéis conceder deseos?
—¡La duda ofende, mi amo! —contestó con los brazos en jarras. Tenía unos bíceps como jamones serranos de grandes.
—¿Cuántos deseos tengo? ¿Tres? —quise saber.
—Los que tú quieras o, para decirlo con la fórmula oficial, «cuantos desees, dado que los deseos son infinitos». Hasta que me despidas o sea liberado.
—Vale —comenté yo queriendo atar todos los cabos—, cuando te necesite no tengo más que frotar el lumigás. Pero… ¿y si quiero que desaparezcas?
—Te basta con decir cortablásquenomevás, y me desvaneceré de tu vista.
Me pareció que ya no quedaba nada más por preguntarle y que lo que debía hacer era pasar a la acción. Total, ¿qué podía perder?
—Bueno, pues quiero… —pensé un momento. La idea me vino como un flash— ¡Que no exista la escuela!
—Hágase y sea —replicó el jenio con esa voz tan seria que ponen los magos cuando anuncian que van a realizar el truco más difícil del mundo, nunca antes visto por ojos humanos.
En aquel momento, me llegó un grito de mi hermana desde la cocina:
—¡Miguel, teléfono!
Así que solté a toda prisa al jenio un cortablasquenomevás y corrí a coger la llamada. Era Julio, para recordarme que esa noche ponían dos capítulos seguidos de Los Simpson y que no me los perdiera.
Me pasé media noche dando vueltas en la cama, preguntándome si se haría realidad mi deseo.
Pero a la mañana siguiente el despertador sonó a las ocho en punto como todos los días.
—¡Hala, venga, que vais a llegar tarde a clase! —se oía la voz de mamá, arreándonos como de costumbre.
¡Vaya una birria de genio que estaba hecho ese Blas, que ni siquiera había sido capaz de satisfacer un deseo tan sencillo!
Eso pensaba yo, pero, cuando llegamos a la puerta del colegio, no tuve más remedio que cambiar de idea.
¡El colegio había desaparecido!
En el sitio que antes ocupaban el edificio, el patio y el campo de baloncesto ahora no había más que un solar lleno de hierbajos. Todos, incluida la señorita Teresa, nos sentamos encima de unas cajas de cerveza y unos cajones de fruta y allí dimos la clase, con las mochilas en el suelo y las carpetas apoyadas en las rodillas. ¡Qué incómodo, madre! Además aquella mañana soplaba un viento fuerte que se nos llevaba los folios volando como si fueran grajos. Tuvimos que estar todo el rato con la cazadora puesta y Mari Carmen Valcárcel, que es muy friolera, se encasquetó el gorro y la bufanda.
La gente que pasaba por la calle —señoras que iban a la compra, abuelos camino del parque, jardineros, albañiles— se nos quedaba mirando con cara de pasmaos. Algunos viejos que no tenían nada mejor que hacer hasta se dieron el gustazo de criticarnos con el mayor descaro.
—Mira, mira ése. Qué cara tiene de alelao.
—Debe de ser el tonto de la clase.
—Pero la maestra no está nada mal.
A Teresa, que lo había oído perfectamente, se le subieron los colores.
—¡Joé, parecemos los monos del Zoo! —se quejó Jorge Dos (le llamamos así para distinguirlo de Jorge Uno, claro). Por una vez todos estuvimos de acuerdo con él.
Volví a casa más que harto. Me faltó el tiempo para correr al garaje y frotar el lumigás.
—Blas, hijo, te has pasao siete pueblos con sus siete ayuntamientos —le espeté al jenio en cuanto asomó por el borde de la pantalla su jeta de humo, bastante fea, por cierto.
—¿Por...? —preguntó él con cara de tonto.
—¿Cómo que «por...»? ¡Serás burro! Yo lo que quería era no tener que ir a clase nunca más.
Al jenio pareció que se le despejaba el cerebro.
—No te sulfures, mi amo. Tú dijiste: «Que no exista la escuela», y yo entendí…
—¡Yo entendí! ¡Yo entendí!... Tú no entiendes un pimiento.
—Hombre, mi amo, si no me dices las cosas claras, yo...
Estaba por sacudirle dos tortas, pero se impuso mi sentido común:
—Ya lo estás arreglando ahora mismo. Quiero que todo vuelva a ser como estaba antes de que yo formulara mi primer deseo, ¿entendidooooo? —grité amenazándole con el puño.
—Ya lo he pillado: un conjuro déjalotodocomoestaba de los de toda la vida.
—Eso mismo. Ah, y, por favor, haz que nadie recuerde nada de esta mañana, no sea que se nos presenten aquí los tíos de los Expedientes X y la liemos. Y a ver si esta vez no metes la pata.
—Hágase y sea.
Por la tarde —¡qué alivio!—, el colegio, al que nosotros llamamos cariñosamente La Cárcel, había vuelto a su estado normal. Era tan horroroso como siempre, pero al menos se trataba de un sitio caliente donde estar, con mesas y sillas y pizarras de verdad y sin viento. Para mis adentros, di gracias por aquellas paredes que nos ocultaban de la vista de los que andaban por la calle.
A la salida de clase, papá y mamá me esperaban como a los ladrones de bancos: con el coche en la puerta y el motor en marcha. Pasamos a buscar a Lola al Instituto y nos fuimos derechitos al camping. Allí pasamos tres días estupendos jugando al fútbol, bañándonos en el río, comiendo salchichas y explorando un poco por ahí… aunque yo no las tenía todas conmigo. Cada vez que veía a mamá encender el lumigás, me daba un poco de «yuyu».
¿Me atrevería alguna vez a pedirle otro deseo a mi jenio particular, después de la que había liado? Pero el caso es que tampoco quería despedirle. Sólo un tonto renunciaría, así, sin más, a un servidor capaz de concederle lo que le pidiera.
Sin embargo, la oportunidad se presentó mucho antes de lo que yo esperaba. Había pasado ya más de una semana desde el día de la desaparición del colegio, aunque sólo yo lo recordara. Estábamos viendo un programa de la tele (bueno, papá lo estaba viendo. Lola y yo andábamos haciendo el mono hasta que empezara la película que venía detrás de ese rollo), cuando me llamó
la atención un niño que salía en la pantalla. Tendría más o menos mi edad.
Pero en lugar de ir al colegio o al parque con sus padres, estaba trabajando, partiendo piedras con un pico que casi no podía levantar porque era tan grande como él. El locutor explicó que era un niño esclavo que trabajaba a las órdenes de los buscadores de oro y piedras preciosas. Dijeron que había cientos como él. En aquel momento, se me quitaron las ganas de ver La Guerra de las Galaxias.
Me faltó el tiempo para correr al garaje, frotar el lumigás y pedirle a Blas que liberara a ese niño del trabajo en la mina.
—No metas la pata, te lo pido por lo que más quieras, que esta vez es muy pero que muy importante —le supliqué. No me puse de rodillas de milagro.
—Vale, tendré cuidado. Hágase y sea.
—Gracias. Hasta mañana. Cortablasquenomevás.
A la mañana siguiente… ¡Oh, maravilla! La puerta se abrió en mitad de la clase de matemáticas y por ella entró la directora, trayendo de la mano al niño de la tele, que lo miraba todo con unos ojos enormes.
—Buenos días, chicos —dijo—. Os presento a Fabio, un compañero que viene del Brasil y va a estudiar este curso con nosotros.
Si alguna vez había tenido ganas de estrangular a mi jenio, ahora pensaba que era el ser más extraordinario y maravilloso que existía en el mundo. Fabio se sentó a mi izquierda, y en el recreo estuvo con nosotros, es decir, con Julio, Antón, Verónica, David, Jorge Dos y conmigo. Enseguida descubrimos que iba a ser un compañero estupendo: jugaba al fútbol fenomenal y, aunque nos costaba un poco entender lo que decía porque todavía no hablaba bien el castellano, con un poco de esfuerzo podíamos comprenderlo casi todo, y además su acento sonaba muy divertido. Al final del recreo, yo ya estaba seguro de que llegaríamos a ser buenos amigos.
Pero esa noche, solo en mi habitación, se me ocurrió que Blas también era un esclavo igual que Fabio. Tenía que devolverle la libertad.
A la mañana siguiente me levanté muy temprano, antes de que sonara el despertador, llamé al jenio y le dije:
—Blas, desde este mismo momento quedas despedido.
El pobre se echó a llorar a lágrima viva.
—¡Ay, no, mi amo! ¿Qué te he hecho yo para que me trates así? —gritó tirándose de los pelos del bigote.
—¿Pero estás tonto o qué? —me enfadé yo—. Te estoy diciendo que puedes ir adonde quieras y hacer lo que te dé la gana. ¿No entiendes que ya no tendrás que servirme?
—No, mi amo, el que no entiende nada eres tú. Si tú me despides, tendré que buscarme otro sitio donde vivir y otro amo a quien servir, y posiblemente no será tan bueno ni me hará trabajar tan poco como tú. Te lo ruego, amo, no me apartes de tu lado —y el tío se inclinó en una reverencia
hasta tocar el suelo con la coronilla. Menos mal que era de humo y no tenía ningún problema para doblarse, no como Julio en clase de gimnasia, que como está un poco gordo es un «manta».
—Pero tú dijiste que cumplirías mis deseos hasta que yo te liberara —recordé. Blas asintió—. ¿Qué tengo que hacer para liberarte?
—Ni idea. Es una de las Leyes No Escritas.
—¿Y qué dicen esas leyes?
—¡Yo qué sé! ¿No te he dicho que no están escritas? ¿Cómo voy a saber lo que dicen? Eso sólo se sabe cuando alguien cumple una ley o la infringe.
—¡Pues qué rollo! Nosotros tenemos la Constitución, el Código Penal, las demás leyes… ¡Y todo el mundo las puede leer! No hay más que ir a la biblioteca.
—Pero es que el mundo de los jenios no se rige por los mismos principios que el de los humanos.
—Entonces, ¿no puedo hacer nada?
—Sólo seguir como hasta ahora y esperar. A lo mejor das con la solución de pura «berza» —con lo de «berza», Blas quería decir «suerte».
—A lo mejor… —gruñí. No estaba nada convencido.
Pero, ¡claro! ¡Qué tonto era! Todavía me quedaban deseos, recordé de repente, dándome un capón por borrico.
—Deseo que hoy mismo se me ocurra la manera de liberarte —pedí.
—Hágase y sea —respondió el jenio. Yo me marché a lavarme y a desayunar y luego a clase. Nada más llegar, a primera hora, a Teresa no se le ocurrió otra faena que pedirnos los cuadernos. Al ver el mío, se le resbalaron las gafas del susto.
—Pero, Miguel, ¿se puede saber qué es «esto»?
—Pues... —la fila de jenios con jota me señalaba como único culpable y parecía gritar en rojo a los cuatro vientos: «HAS SIDO TÚ».
—Ya lo estás escribiendo bien ahora mismo, pues no faltaba más —exigió la profesora con una cara de perro que no admitía réplicas.
Genio
Genio
Genio
Genio
Escribí hasta llegar a cincuenta veces. Y según escribía empezaron a retumbarme dentro del coco las palabras de Blas: «Cuando tú me consagraste a tu servicio escribiendo cincuenta veces el nombre de mi especie...»
A lo mejor, escribiendo la palabra bien...
Pero al volver a casa el jenio seguía dentro del lumigás.
—¿Qué pasa con mi deseo? —le pregunté en cuanto asomó la cabeza.
—Paciencia, mi amo —fue todo lo que dijo—. Es la cosa más embrolladamente complicada que me han mandado hacer en toda mi carrera.
Voy a activarte un poco el cerebro, a ver si se te ocurre algo —añadió chasqueando los dedos.
Entonces tuve una idea genial, de esas que en los tebeos hacen que se le encienda a uno una bombilla encima de la cabeza.
Sin despedirme siquiera de Blas, corrí a mi habitación, cogí el cuaderno de Lengua y el boli rojo y escribí lo siguiente:
oineJ
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Así hasta cincuenta veces.
Cuando volví al garaje, el jenio se me echó encima y me pegó un abrazo de oso polar:
—¡Albricias, Miguel! ¡Al fin soy libre! —gritó mientras me estrujaba entusiasmado—. ¿Cómo lo has hecho, oh, mago entre los magos?
—Bueno, pensé que si una palabra te había traído aquí, a lo mejor al escribirla al revés te mandaba de vuelta a tu mundo.
—Pues eres en verdad un chico listo, digan lo que digan tus maestros —se rascó los lunares del pañuelo y agregó—. ¿Sabes? Por lo bueno que has sido conmigo, antes de marcharme te voy a conceder un deseo de propina.
Piensa muy requetebién lo que vas a pedir porque éste será el último.
La verdad es que ya lo tenía pensado.
—Quiero que liberes a los otros niños esclavos, los compañeros de Fabio.
—Hágase y sea —exclamó Blas abriendo de par en par sus brazos enormes. Luego su forma se fue desvaneciendo hasta convertirse en una nube de humo gris que se alejó volando sobre los tejados de la ciudad.
Desde entonces he aprendido algo más sobre las Leyes No Escritas: que no funcionan siempre igual. ¿Que cómo lo sé? Porque nada más marcharse el jenio se me ocurrieron miles y miles de deseos: que papá no tuviera que trabajar; un monopatín con radio incorporada; que el alcalde
hiciera un parque en el viejo solar del Matadero... Sin embargo, por mucho que escribí jenio con jota todas las veces que me dio la gana, nunca volví a tener un jenio a mi servicio.
Aunque a veces, recordando lo del día en que la escuela no existió, casi me quedo más tranquilo...
© Isabel Redondo

2 comentarios:

white dijo...

Mir es chulísimo, muy divertido, muy visual, y así podría seguir hasta el infinito. Felicidades. Hermi

Anónimo dijo...

Majo, original, y divertido.
Felicitaciones

Arcoiris