viernes, 5 de diciembre de 2014

Los libros del mes de diciembre de 2014 del Grupo Leo




Reseña :

Virginia vive en el campo, en lo alto de una colina, con su familia, rodeada de animales y plantas. Los animales parecen ser un miembro más de la familia. Vive con sus hermanos y padres, con la perra Laika, la rana Renée, el hurón Hugo o el pájaro Grip.
Ese verano, Virginia descubre algo muy especial: una pequeña cabaña en un árbol. Sube a él gracias a una escalera y descubre que en un rincón hay un libro titulado Orlando, de Virginia Woolf. Comienza a leerlo y le encanta. AL principio iba ella sola pero poco a poco sus hermanos la siguen y descubren que van apareciendo libros de forma misteriosa. Así se aficionaron poco a poco y sin darse cuenta a los libros.
¿Quién los deja ahí? ¿Por qué?

Edad recomendada: a partir de 10 años.

El autor:

Vicente Muñoz Puelles nació en el año 1948 en Valencia. Desde muy joven se dedicó a la literatura. Comenzó escribiendo novelas para adultos pero en la actualidad es uno de los más importantes escritores de literatura infantil y juvenil.
Una de sus novelas, Sombras paralelas, ha sido llevada al cine. Ha recibido varios premios: La Sonrisa Vertical con Anacaona (1980), el Premio Azorín con La emperatriz Eugenia en Zululandia (1993) y el Alfons el Magnánim de narrativa (2002) con Las desventuras de un escritor en provincias.
En 1999, ganó el Premio Nacional de Literatura Infantil con Óscar y el león de Correos, y en el 2004 el I Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil con El arca y yo. Ambos títulos han sido publicados en la colección Sopa de Libros. En 2005, con La perrona, obtuvo el Primer Premio Libreros de Asturias.

También es traductor de Fenimore Cooper, Joseph Conrad y Georges Simenon, ha realizado ediciones críticas y apéndices de autores como los anteriormente citados y Arthur Conan Doyle, H.G. Wells, Mark Twain, Nathaniel Hawthorne o Jules Verne. 

LA VOZ DEL ÁRBOL

Una mañana, mamá quiso que paseáramos a Laika juntas.
Hacía un día espléndido. Hablamos de papá, de los últimos libros que había escrito y también de mis hermanos.
Yo le dije que los tres me parecían aburridos, terriblemente aburridos. Era como si no diesen verdadera importancia a nada.
Mamá sonrió, pensativa.
–Ten paciencia con ellos – me pidió – . Verás cómo cambian.
Me cogió por un hombro, me atrajo hacia si y me besó. Y es que, a la hora de expresar sus sentimientos, mamá, a diferencia de papá, era de pocas palabras.
Días después dimos otro paseo juntas. Volvíamos por el camino de cabras cuando mamá sugirió que podíamos atajar por el bosquecillo de pinos.
Era un lugar que yo solía evitar, porque los árboles habían sido plantados muy juntos y estaba demasiado oscuro.
Laika entró con decisión, como si adivinase las intenciones de mamá, y se detuvo al cabo de un rato, olisqueando las raíces de un árbol lo que parecía el esqueleto de un búho.
Miré hacia arriba, pensando que quizá vería un nido, y distinguí unos travesaños que servían de escalones y lo que parecía una cabaña.
El árbol era un algarrobo, como el de nuestro jardín, pero mucho más grande y frondoso.
Tenía tres troncos que crecían en espiral y luego se reforzaban. Y en el lugar donde juntaban sus ramas estaba la casa arbórea, una cabaña de madera que, vista desde abajo, era como un arca embarrancada en la copa.
– Mamá, ¿puedo subir?
– Si quieres, hija, pero ten cuidado.
Comprobamos que los travesaños estaban bien asegurados en la corteza rugosa y subí por ellos hasta la cabaña, a la que se accedía por una abertura que había en las tablas.
Había una sola estancia, espaciosa y de suelo llano y bien firme y también dos ventanas que podían cerrarse. A través de una de ellas, por encima de los pinos contiguos, se veía la casa de la colina.
– ¡Mamá, mira esto! ¡Ven enseguida!– grité, y mamá subió despacio, con sumo cuidado.
– ¡Sí que estamos cerca! – exclamó, al distinguir la casa–. Ya te decía que el bosquecillo nos serviría de atajo.
Fue ella quien me llamó la atención sobre cierto libro en rústica, de tapas verdes, que yacía en un rincón. Era Orlando, de Virginia Woolf.
Me halagó que la autora se llamara Virginia, como yo.
Como no llevaba indicación alguna de su dueño o su dueña, le pregunté a mamá si podía llevármelo.
– Tengo una idea mejor– dijo mamá–. ¿Por qué no lo dejas aquí y, ahora que empiezan las vacaciones de verano, vienes a leerlo de vez en cuando?
Miré alrededor. Me encantaban el árbol y la cabaña, y solo me detenía un poco la idea de que en cualquier momento podía subir alguien, y preguntarme qué hacía allí.
– No creo que ocurra eso– dijo mamá, cuando le confesé mi preocupación–. Por aquí no pasa nadie.– Se inclinó y deslizó un dedo por el suelo, que estaba cubierto de polvo–. Al menos a  alguien  a quien le importe la limpieza. El lugar parece bastante seguro. Además, Laika estará contigo. No vengas sin ella. Y si te asustara algo, podrías usar el móvil y vendríamos enseguida.
Era verdad. En línea recta, nuestra casa estaba a quinientos o seiscientos metros. Y si mamá, que era la más protectora, me dejaba, tenía que ser porque no había ningún peligro.
Al volver se lo contamos a papá, que llevaba un lápiz en la oreja y parecía algo distraído, como si se hubiera quedado atrapado en la telaraña de un de sus propias historias.
– ¿Una cabaña en el bosquecillo? Creo que había una así cuando yo era niño. La que yo recuerdo tenía la forma de una cabina de mando de un barco, y una escalerilla que podía retirarse para hacerla completamente inaccesible. Pero, si decís que está bastante bien conservada y que los travesaños son fijos, será otra.
Le pregunté por qué nunca había mencionado la cabaña de su infancia en nuestros paseos.
Me contestó que había pasado mucho tiempo, y que para él algunas historias eran como las serpientes de mar. No sabía si las había visto pasar, le habían hablado de ellas o se las había inventado.
Hice varios viajes entre la casa y la cabaña arbórea, para asearla un poco y darle un toque de comodidad.
El día en que empezaron las vacaciones me instalé.
Laika, que debía tener mi misma edad, pesaba demasiado, unos veinticinco kilos. No podía subir con ella en brazos. Tuve que resignarme a dejarla atada a una de las raíces salientes del algarrobo, donde le puse un recipiente con agua.
Allí se distraía persiguiendo a las abejas que acudían atraídas por el olor dulzón de las flores.
Con un par de cojines para recostarme en ellos y una botella de agua al lado, emprendí la lectura de Orlando.

Tomado del libro: La voz delárbol
Ilustrador: Adolfo Serra
Editorial: ANAYA


ACTIVIDADES:

1. Imagínate tener una casita arbórea en tu jardín, ¿cómo sería? ¿puedes describirla?

2. Presentamos un banco de lecturas que dejarías tú para que otros niños pudieran leer en vacaciones.

3. Escribe un cuento o poema y envíalo acompañado de un dibujo y vuestro nombre, apellidos, curso, colegio, e-mail y número de teléfono particular a:

Concurso literario "Grupo Leo"
Apartado 3080
03080 ALICANTE

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