domingo, 16 de octubre de 2011

Leo Leo que me animo a leer: El joven Gulliver

Artículo visto en:
Suplemento de Educación Infantil "La Tiza" 13-10-2011
La isla de los libros

Cuando abrí los ojos de nuevo, yacía en un diluvio de luz. Me incorporé. Estaba en una playa de arena blanca, sembrada de algas y conchas. Detrás de mí se alzaba un bosque de cocoteros. Delante, unas aguas cristalinas y un arrecife de coral. Mis manos, mis piernas y pies estaban cubiertos de cortes y rasguños. Había llegado hasta allí pasando por uno de los estrechos canales.

Me levante y me lavé las heridas en la orilla. Me escocieron, pero sentí gran alivio. Lo último que recordaba era el momento en que la barca había volcado. No sabía si habría llegado a una isla o continente.

Anduve por la playa hasta encontrar la barca totalmente desvencijada. Había encallado en el arrecife y el oleaje la había arrojado a la playa. Allí estaba el mástil roto y mi saco de marinero. Abrí el saco. Además de la ropa estaba la cajita de plata que me había dejado mi padre al irse en su último viaje. La abrí y vi la carta de mi madre y la nota de mi padre con la posición del continente austral que me había llevado de su despacho.

Tenía sed. Pensé en el agua de los cocos. Elegí un cocotero y trepé por él. Después de varios intentos logré alcanzar la copa y desprender dos grandes cocos. Con una pequeña navaja pinché la parte más blanda por un extremo y bebí el agua fresca, luego lo partí y comí la pulpa blanca y sosa.

El resto del día lo dediqué a secar mi ropa y a explorar la playa. No me atreví a acostarme bajo las palmeras ni tampoco cerca de la selva, porque no sabía qué animales podía encontrar allí. Me tumbé en la playa, fuera del alcance de la marea.

De noche me desperté. A la luz lunar vi unas criatura diminutas, que se movían de lado.”Son cangrejos que se pelean bajo la luna”. Fui hacia ellos y se alejaron hacia la selva. No los seguí. Volví a mi lecho y me dormí arrullado por el sonido de las olas.

Por la mañana, el ruido de las olas se transformó en rumor de palmeras. Volví la cabeza y los vi salir de la maleza. Se desplazaban apoyándose en los cantos de sus tapas y en el borde inferior de sus lomos. Lo que había tomado por rumor de palmeras era el susurro de sus hojas. No eran cangrejos sino libros, aunque algunos no lo parecían. Los había encuadernados de muchas formas. No me sorprendió el espectáculo de tantos libros andantes. ¿No suelen decirse de algunos libros que están llenos de vida? ¿Acaso no nos hablan, conmueven y nos trasportan a otros tiempos y lugares? Aquellos libros no eran distintos a los demás, salvo en que se movían solos. Eran ellos los que dejaban marcas en la arena. Me acordaba también de aquella planta que crecía en las cercanías del mar Caspio y daba unos frutos lanudos en forma de corderos, que se desprendían de las ramas y caían al suelo. ¿Qué tenía de raro entonces que un árbol produjese libros?

De nuevo, como la noche anterior, me dirigí hacia ellos. Detuvieron su aproximación los libros y permanecieron inmóviles. Dieron media vuelta y volvieron a la maleza.

Me dediqué a resolver el problema de la subsistencia. Comprobé que la costa donde había naufragado podía proporcionarme lo que necesitaba y ya me encontraba en condiciones de dedicar mi atención a los libros. Eran curiosos y se acercaban a espiarme siempre que podían. Pensando que mi estatura podía asustarlos, me puse a andar apoyándome en las manos.

El truco funcionó. Poco a poco me gané la confianza y llegué a tocarlos y hasta abrirlos. Agitaban sus hojas y se dejaban caer para que las acariciara. Creo que en el fondo estaban deseando que alguien como yo llegara al lugar. Porque ¿de qué sirven los libros sin lectores?

Una mañana, emprendí un viaje por la orilla, un puñado de libros me siguió, pero se quedaron atrás. Tardé tres días y noches en llegar al mismo punto, comprobé que estaba en una isla. Me interné en la selva. Allí vivían la mayoría de los libros amparado en la maleza, y desde allí bajaban a la playa.

Había libros de todos los géneros: poesía, teatro, historia……Con el tiempo descubrí que los de aventuras no se alejaban de las palmeras y que a los de poesía les gustaba pasear a lo largo de una corriente de agua fresca que bajaba de las montañas. Algunos estaban escritos en alfabetos incomprensibles. Los había de marfil, de nácar, de bambú y hasta de hojas de palma. Unos eran más grandes que otros. Al principio me intrigaba que se conservaran tan bien hasta que descubrí que evitaban la lluvia y las mareas, y que cuando se mojaban se colocaban abriendo sus páginas al sol y las ponían a secar. De noche se acomodaban en las ramas que les servían de estantes. Poco a poco aprendí a conocer su carácter. Algunos, más tímidos, me evitaban. Otros, que pertenecían a una misma colección, iban siempre en grupo. Ningún ejemplar estaba repetido. A ninguno le gustaba escucharme cuando leía en voz alta a uno de sus compañeros. El libro que estaba leyendo parecía satisfecho. Al ser leídos se volvían más suaves y flexibles como si se ablandaran por su uso. A veces, cuando estaba tendido en la arena, algunos de ellos me rodeaban y se me echaban encima. Me acordaba de cuando era niño, y echado sobre el suelo rodaba sobre los libros de mi casa.

Ahora sabía que no nacían de los árboles ni en ningún otro lugar de la isla. Pero, si no nacían allí, ¿de dónde procedían?

Una noche soñé que habían llegado a la isla en forma de hombre, como yo, y que poco a poco se había transformado en libros. Quizá también yo era uno de ellos, pero no lo sabía. Desperté con una sensación extraña y me llevé la mano al pecho para asegurarme que tenía el corazón en su sitio.

En otra de mis fantasías, aquellos libros procedían de todos los naufragios de la historia y las corrientes los habían concentrado allí. Naturalmente, era un disparate el pensar que flotando habían llegado a la isla. Por otra parte, tampoco estaban todos. Quizás vivían en una zona agreste e inexplorada.

Como las muescas que hacía en las palmeras para anotar los días no servían de nada, no puedo saber cuánto tiempo permanecí en la Isla de los Libros.

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Tomado de:
 El joven Gulliver
Autor: Vicente Muñoz Puelles
Ilustrador: Irene Fra Gálvez
+ 12 años
Editorial:  Tucán Rojo - Edebé
ACTIVIDADES:
  1. ¿Cómo llegó el joven Gulliver a la isla?
  2. Lo que él creía que eran cangrejos en qué se convirtieron.¿ Cómo eran y dónde vivían?
  3. Escribe un cuento de cómo pudieron llegar allí los libros y acompáñalo de un dibujo original, participarás en el Concurso Literario del Grupo Leo 2012.
Envíalo a:
Grupo Leo
Apartado 3008
03080 Alicante
o per e-mail a: grupoleoalicante@gmail.com
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